Ese cuatro por ciento del Universo

octubre 15th, 2014

No me refiero a las comisiones que perciben algunos partidos políticos o sus representantes, sino a un 4% más importante y trascendental: el 4% de lo que vemos de nuestros Universo.

Todas esas imágenes de estrellas, galaxias, nebulosas y objetos que nos ofrecen las fotografías de los grandes telescopios representan, solamente, un 4% del Universo, el 96% restante es energía y materia oscura que no hemos logrado descifrar ni ver. Sólo tenemos una explicación satisfactoria para ese 4% del Universo que está formado por materia ordinaria visible.

La energía oscura es la supuesta causa de la aceleración en la expansión del Universo, y la materia oscura está ahí con su efecto gravitatorio manteniendo a las galaxias en el seno del cúmulo.

El físico Freeman Dyson destacaba que no podemos entender el Universo si se aísla de los fenómenos de la vida y la consciencia. Y en ese aspecto pienso que los seres humanos también estamos percibiendo sólo un 4% de nuestro Universo cotidiano.

Nuestro entorno, el espacio que nos separa a unos de otros, está repleto de millones de moléculas, átomos y partículas que no vemos, pero están ahí. También hay microbios, virus y bacterias que viajan anaerobiamente por nuestro entorno. No vemos las ondas de radio, televisión o móviles, ni los rayos gamas y ultravioleta que nos atraviesan, igual que los millones de neutrinos que cada día pasan a través nuestro cuerpo en su viaje por el Universo.

Detectamos la luz, pero sólo entre las longitudes de onda de 390 y 700 nanómetros que nos permite distinguir 7 millones de colores, pero nos perdemos la visión del mundo en infrarrojo y ultravioleta y millones de tonalidades más. Con los sonidos nos sucede otro tanto, entre 20 y 20.000 Hz o ciclos por segundo, podemos discriminar 340.000 tonos, pero por debajo de 20 y por encima de 20.000 donde nos perdemos un mundo de extrañas melodías. Lo mismo sucede con el olfato incapaz de distinguir feromonas, adrenalinas y otros productos cuyos olores si distinguen algunos animales.

Hay un mundo ahí fuera, aquí en nuestro planeta, que no vemos. Solo somos conscientes de otros seres vivientes, plantas, montañas y objetos que hemos fabricado… un escaso 4%, como la materia visible del Universo.

Y no quiero ya hablar de la posibilidad de universos paralelos, dimensiones extras, antimateria y multiversos, que nos convierten en seres insignificantes frente a otras realidades.

No sabemos que es la energía y la materia oscura, desconocemos si hay dimensiones extras en el Universo y nos perdemos en abstracciones cuando hablamos de los infinitos universos posibles que nos pueden rodear. Y nos perturbamos       ante la posibilidad de la existencia de otras fuerzas exóticas de la naturaleza que aún no hemos descubierto.

La mecánica cuántica, con sus paradojas, se presenta como otra alternativa de ver el mundo que nos rodea. Los físicos cuánticos aseguran que para ellos el mundo es cuántico, y no hay ninguna separación entre el mundo clásico y el cuántico. Es más es el mundo clásico el que emerge a partir del cuántico, lo que hace que muchas paradojas cuánticas desaparezcan.

Nuestro mundo, nuestra sociedad a la que le damos tanta importancia, nuestros obsoletos valores por los que nos sacrificamos y defendemos en absurdas guerras, nuestras tragedias cotidianas y nuestra farsa social, no son más que una minúscula parte de un Universo abrumadoramente enigmático. Un Universo que recurre a nuestros cerebros, que él mismo ha creado, para conocerse y pensar sobre sus orígenes.

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Meteor

abril 3rd, 2014

Uno de los peligros más grandes a los que está expuesto nuestro planeta es el impacto de un asteroide. También estamos expuestos a una llamarada solar o la erupción de un mega-volcán.

De estas catástrofes sólo podemos prever y neutralizar la de un asteroide asesino. Su peligro se clasifica en la denominada escala de Turín que está graduada de 0 al 10. El 0 representa que el riesgo de colisión del objeto es nulo; del 1 al 4, el riesgo es ínfimo, por lo menos en decenas de años; del 5 al 7 representa un riesgo serio; y de 8 a 10 representan que hay grandes probabilidades que el objeto impacte con la Tierra. El 10 corresponde a un impacto que representaría la extinción de la vida sobre la Tierra.

La gravedad del impacto de un asteroide con nuestro planeta depende del tamaño del cuerpo y el lugar del impacto. Un cuerpo de unos 10 kilómetros de diámetro que cayese en el mar produciría un tsunami de 5 kilómetros de altura que se desplazaría a 1000 kilómetros por hora. Si el impacto se produjese en tierra firme se levantaría nubes de polvo que bloquearían la luz del Sol. Toda nuestra agricultura sucumbiría, al margen de los terremotos y erupciones volcánicas que el impacto provocaría.

El telescopio Gaia está destinado a controlar todos estos objetos que se aproximan demasiado a la Tierra y representan algún riesgo. Gaia es capaz de identificar objetos de pequeño tamaño con un año de antelación.  Entre estos objetos peligrosos está Apophis, de 400 metros de diámetro, que su aproximación a la Tierra el 13 de abril de 2029, representa un riesgo de nivel 4, ya que pasará  a 36.000 kilómetros de nosotros.

El último susto que tuvimos se produjo cuando un grupo de meteoritos cayo cerca de Tchéliabinsk en Rusia, posiblemente restos de un objeto de 17 metros de diámetro que se desintegró al entrar en la atmósfera, y que era compañero de un asteroide que paso a 30.000 kilómetros de la Tierra y medía 30 metros de diámetro. El incidente representó más de mil personas hospitalizadas por heridas causadas por la rotura de cristales.

A pesar de que la Tierra tiene como coraza Júpiter, que debido a su gran masa atrae a todos los potenciales cuerpos peligrosos, la NASA está estudiando diversos métodos para desviar un asteroide que fuese potencialmente peligroso. Por lo que podríamos evitar un terrible impacto y el peligro de extinción de nuestra especie en la Tierra.

Lamentablemente no podemos hacer nada ante la eventual erupción de un volcán como el de Yellowstone, cuyos efectos serían devastadores en todo el planeta. Tampoco podemos defendernos ante una explosión solar con una fuerte llamarada, ni antes la explosión de una estrella, una nova, cercana a la Tierra. Vivimos por azar y capricho de las manifestaciones apocalípticas del Cosmos.

¡Maldito espacio!

febrero 25th, 2014

Me preguntaba un amigo sobre los peligros que entraña un viaje a Marte. Le contesté lacónicamente que todos, ya que el ser humano no está hecho para vivir fuera de la Tierra, y en la Tierra tampoco está adaptado para vivir en el fondo del mar, en las cumbres más altas, en los desiertos más áridos y en los lugares más fríos. Somos delicados organismos que estamos muy a gusto bajo una sombrilla, para protegernos del exceso de rayos ultravioletas del Sol, en la orilla de una tranquila isla caribeña.

El mayor peligro del viaje a Marte es la radiación. Los astronautas ya no estarán protegidos por el escudo de la atmósfera y el campo magnético de la Tierra, lo que significa que recibirán una elevada dosis de radiación, con la consecuencia de mutaciones en el ADN y peligro de cáncer. Su exposición a la radiación estará relacionado con el tiempo, esos dos años y medio de viaje y la estancia en el planeta. Los astronautas de la estación espacial sólo están en el espacio, salvo contadas excepciones, dos o tres meses.

Nos exponemos a enviar gente sana a Marte que llegue allí cargados de enfermedades. La ingravidez del espacio provoca que los huesos se vuelvan quebradizos, sobre todo si no se puede hacer ejercicio en las naves debido a los espacios reducidos. Se produce una degradación del tejido óseo, una especie de osteoporosis.

Se sabe que los globos oculares se aplastan ligeramente, lo que produce hipermetropía, ya que la presión del líquido cefalorraquídeo en el cráneo empuja la parte de atrás del globo ocular. También se produce una hinchazón de la cara. Todo este efecto produce niveles más altos del aminoácido homocisteína, que indica enfermedades cardiovasculares.

Por otra parte, un viaje tan largo requiere un perfecto equilibrio psicológico, una estabilidad mental superior a la normal, no sea que un astronauta degenere en una psicopatía y se convierta en un Hannibal Lecter.

Creo sinceramente que antes de enviar astronautas a Marte hay que tener resuelto todos estos problemas, especialmente el de la radiación que puede ser letal. No debemos repetir el error histórico de nuestra colonización a América, donde enviamos a gente con enfermedades letales en aquellos tiempos, como la sífilis, gripe y tuberculosis; y perturbados mentales sin escrúpulos que violaron y asesinaron a diestra y siniestra.

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El Sol: inquietantemente tranquilo

septiembre 25th, 2013

Vivimos ajenos a la actividad del Sol siendo esta importantísima para la vida en la Tierra. Una  explosión solar con eyecciones de masa coronal, no sólo puede producir auroras boreales, sino que puede poner en peligro las comunicaciones y las redes eléctricas produciendo apagones como los acaecidos en Canadá en 1989. Un estallido de clase X, de gran potencia de eyección de masa coronaria, orientado hacia la Tierra podría ser letal.

El Sol tiene ciclos de máxima actividad con sus manchas y eyecciones, ciclos de 11,5 años, y este año estamos atravesando uno de estos ciclos. Los astrónomos, a través de telescopios solares y el satélite Soho, han registrado manchas en la fotósfera solar y protuberancias en la cromósfera, a lo largo de este año, pero se esperaba más.

Los astrónomos esperaban en este 2013, más actividad solar que la que han registrado hasta ahora. El Sol está inquietantemente tranquilo y los expertos solares no saben que decir ante esta anormalidad en pleno ciclo solar de máxima actividad.

En sus últimos ciclos hemos tenido tormentas geomagnéticas, apagones por sobre carga de centrales eléctricas, pérdida de comunicaciones en satélites y aviones, apagones de los GPS, etc. Y ahora que esperábamos una gran y peligrosa actividad, tenemos esa inquietante calma.

El Sol es una inmensa bola de fuego demoledora, con una temperatura en la superficie de 5.000ºC y 15.600.000ºC en su núcleo. Los 150 millones de kilómetros que nos separan, nuestra atmósfera y nuestro campo magnético nos protegen de esta descomunal antorcha que, de tanto en tanto, eructa una lengua de llamas que alcanzan 200.000 kilómetros de longitud acompañada de rayos ultravioleta, rayos X, y millones de partículas.

Este monstruo del espacio que nos da vida, tiene sus ciclos peligrosos y, pese a que estamos atravesando uno de ellos, se está comportando con una calma relativa… pero sospechosa y turbadora para los astrónomos.

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Universo, caos y ambición humana

septiembre 20th, 2013

El espectáculo de imágenes del universo que nos ofrecen los telescopios es de una belleza incomparable, pero paradójicamente el universo es un lugar de destrucción, caos y cataclismos. Un lugar que se expande con un final inevitable en el que los astros irán sucumbiendo en la frialdad de sus espacios infinitos.

A través de nuestros instrumentos vemos galaxias como la nuestra que chocan irremediablemente con otras. Una imagen espectacular pero aterradora si pensamos que millones de estrellas con sus planetas, algunos con probabilidad de albergar vida como la nuestra, están sucumbiendo en este megadesastre cósmico. El mismo desastre que nos asolará cuando la galaxia espiral de Andrómeda colisione, inevitablemente, con nuestra galaxia dentro de cientos de millones de años. Una muerte anunciada como diría Cortazar.

En otras ocasiones los telescopios captan estrellas novas o supernovas, astros como nuestro sol que han explotado destruyendo todo su sistema planetario y lanzando una letal radiación a otros sistemas planetarios próximos.

Luego están los agujeros negros que van atrayendo hacia su centro devorador todo lo que les rodea, estrellas, planetas, etc. Son auténticas máquinas de desmenuzar y convertir en átomos a inmensos planetas.

El caos, el azar y las probabilidades son los tres factores que dominan en nuestro universo. En un lugar tan remoto como nuestro sistema planetario los peligros son evidentes: cometas que impactan con planetas, como fue el caso de Júpiter; asteroides que chocan creando inmensos cráteres en Marte, la Luna, Mercurio, etc., y que han producido extinciones masivas en la Tierra; radiación cósmica que barre la superficie de planetas como Marte; lugares fríos e inhóspitos como los satélites de Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno…

La misma Tierra con sus parajes idílicos se convierte en ocasiones en un monstruo bárbaro y destructor, con sus volcanes arrojando fuego, sus huracanes barriendo ciudades, sus terremotos estremecedores, sus tsunamis de enormes olas y cientos de catástrofes que los seres humanos no podemos controlar.

El azar de que no hemos tenido un impacto de un asteroide destructivo en los últimos miles de años, el azar de que no ha explotado un apocalíptico volcán como el de Yelowstone, el azar de que nuestros Sol no ha lanzado un letal llamarada contra nosotros, ni que un cometa nos ha arroyado, forman parte de nuestras probabilidades de existir.

Vivimos en un universo caótico y en un planeta más o menos equilibrado. Pero la fragilidad de nuestras vidas persiste. No hay bondad para nuestra existencia, no hay un plan divino que nos proteja de accidentes, enfermedades o desastres. Y a pesar de ello el ser humano, ignorante y prepotente, se comporta con soberbia, ambición de poder, exhibicionismo de sus riquezas y orgulloso de su inteligencia. Es ajeno a su pequeñez, es ajeno al hecho de que si despareciese toda la vida de la Tierra, al universo ni le importaría ni le preocuparía ni le afectaría, no habríamos sido para él ni una furtiva sombra.

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